Hoy quiero contarte.

Hoy quiero contarte sobre ese momento en que las lágrimas me delatan, cuando por más que intento reprimirlas, concentrando todos mis esfuerzos en evitar que salgan, encuentran la manera de asomarse, sacando ese algo que fastidia, que molesta. Que me duele. Es ese instante, en que lo más humano se asoma: la vulnerabilidad, el miedo.

Es que nos encanta parecer fuertes, incluso más de lo que a veces somos, que nos llena de satisfacción creer que podemos con todo, que de alguna manera eso es lo que tenemos que mostrar, que esa es la cara que vale más.

Pero tal vez, no. Hoy no lo creo. No me hace sentido.

No creo, bueno… quiero estar segura de que lo que más nos hace plenos en la vida no es demostrar que somos autosuficientes, el demostrarle a los que pasan que somos alguna especie de súper héroes. Entre más lo pienso, más patético me parece. Y si, soy una de esas o lo era.

Quiero pensar que ya no hay necesidad de demostrar nada, es que ni siquiera se que es lo que quería demostrar. Por ahora, el irle abriendo la puerta a todo eso que fastidia, el sumergirnos en esos malos momentos, o en ese dolor latente, es en donde he ido aprendiendo a descubrir que es lo que nos hace ser. Mas que lo que encontramos en el espejo, que vamos: jamás es suficiente, más de lo que dicen de ti, más de lo que pienso de mí.

Que no estoy deprimida, ni mucho menos triste. ¿Un poco más sensible de lo normal? probablemente. Cada vez que le cae el golpe a esa tendencia de autosuficiencia por la que a veces paso, me hace querer entrar más a entender, a entenderme y a entenderle a Él. En la crisis buscar la claridad o algo así. Prometo que tiene más sentido de lo que parece.

Voy muy bien, pero si que he tenido semanas duras, lo normal al darte cuenta de que hay cosas que no van bien conmigo.

Pequeña anécdota: la ultima me hizo llorar, pero no de frustración, de optimismo, de felicidad, la verdad. Y que diga esto, vaya que es fuerte.

Por lo general, al salir de mis visitas medicas: lloro (Sorpresa!!) y aunque las cosas vayan bien, es un instinto. Lloro porque aunque las cosas no hayan empeorado, pues es el bote de agua fría que me recuerda que igual no estoy del todo bien, que no estoy como quisiera. Que recuerda de todo aquello que en el día a día hago el esfuerzo por olvidar.

Pues esta vez, sí que había algo que podría estar mal… Por ahora lo relevante, más que el hecho que podría tener algo, fue que al echarme a llorar recordé una frase. “No hay momento en el que estarás más cerca y puedas encontrarte mejor con Cristo crucificado que en tu sufrimiento.” Todas mis energías se concentraron en intentar recordarme en donde lo había escuchado o leído. Pero con reacción tardía se hizo claro que lo importante es que ahí, en ese momento, tenía mi solución, tenía la respuesta al cómo salir de mi berrinche.

Y nada. Así se te llegan las lecciones. Me repetí mil veces “Que suerte.” La cuestión está en aprovecharlo y reconocerlo una vez lo tienes claro. Que es el momento de ofrecerle esas lágrimas y decirle, decirle que lo estas intentando, que, aunque nunca vas a ser capaz de realmente entender su sufrimiento en profundidad o de hacerle sentido al tuyo propio, si puedes hacer que cada lagrima le dé un significado a la cruz, una conexión más profunda, que cada lagrima vaya llenando ese vacío y te acerque más. Que te haga amarle más.

Que en la vida nada nada va como lo planeamos. Que cuando estamos seguros de que un capítulo se ha cerrado, abres los ojos y te das cuenta que no. Que sigue siendo lo mismo, pero que con suerte tu eres distinto. O lo ves distinto. Sentir esto… la verdad, es que es más que suerte.

Y en eso, te das cuenta que quitarse el vendaje del golpe y llorar a moco tendido es lo único que a veces cura. Y si no lo hace; al menos ayuda a sanar, a entenderte – Sí, YO me voy aclarando! Algo que definitivamente no veía venir-, o a darte cuenta de que la mayoría del tiempo no tenemos la menor idea de donde estamos o adónde vamos, y que da miedo. Y aún así habrá que seguir. Que las palabras te ayuden a seguir, a sanar, a dejar algo de ti por donde las dejas.

Y por eso dejo esto aquí, porque nadie lo puede hacer por mi. Nadie más te lo puede contar.

– Cami.


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